
Una exposición recoge fotografías de ejemplares únicos de la Comunitat. La categoría de árbol monumental no se adquiere sólo por tamaño o antigüedad, también por su relevancia social.
Hay árboles que, sin ser ni muy grandes ni muy antiguos, son considerados monumentales. La razón, su incidencia en la sociedad, esa presencia muda a lo largo de los años en la vida de un pueblo o una ciudad. En cuántos lugares la gente queda en el olmo que hay en la plaza. O esos otros que pasan la tarde a la sombra de un ficus. Esos, sin atender a una condición botánica, también son catalogados así.
En Llíria hay un árbol que tiene un gran predicamento. Es el olivo de Sant Vicent, un ejemplar poco vistoso que, de hecho, tiene un tronco pequeño, un renuevo del viejo. Pero en Llíria lo conoce todo el mundo porque, dicen, allí predicó San Vicente Ferrer hace más de 600 años.
Muchos de esos árboles monumentales dan cuerpo a una exposición fotográfica que fue inaugurada el jueves y que estará en el MuVIM (Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad) hasta el 1 de abril de 2012. 'En_Arborar', impulsada por la Diputación a través del departamento de Árboles Monumentales de Imelsa, incluye también una muestra documental y audiovisual, un espectáculo multimedia en una superficie de 500 metros cuadrados.
El comisario de la exposición es Bernabé Moya, quien, a su vez, preside el departamento de Árboles Monumentales, que surgió en 1994 para custodiar estas joyas de la naturaleza. Una de sus actuaciones fue acabar con el expolio que estaban sufriendo muchos olivos multicentenarios de la Comunitat. «Estaban siendo víctimas de una actuación muy cruenta, una tragedia que afectaba a una gran cantidad de olivos milenarios, que luego eran vendidos para jardinería. Se estaba destrozando el territorio», recuerda.
A esos olivos, «obras de arte de la naturaleza», como los describe Moya, se les ha acabado dando, además, una utilidad con la producción de un aceite de oliva de alta calidad. Así se consigue que dejen de adornar los jardines y que den un aceite exquisito, como sucede, en concreto, con los olivos de la zona del Maestrazgo, conocidos por su excelente jugo.
Canals no sería el mismo lugar si un día talara el tronco de la 'lloca' (gallina clueca), un plátano de sombra ni muy viejo, ni muy gordo, ni muy alto. La peculiaridad de la lloca de Canals es que todos los vecinos lo conocen y lo usan como punto de encuentro. Entre el árbol que, como una gallina con sus huevos cubre a los que se acercan a él y el quiosco que hay al lado se ha convertido en el centro neurálgico de Canals. La lloca fue plantada a principios del siglo pasado por los niños de la escuela.
De la celebridad del palmeral de Elche poco más hay que contar, pero sí que hay que reparar que entre sus decenas de miles de ejemplares hay uno especialmente singular, la palmera 'imperial'. Este árbol se hizo popular porque en su tronco, a dos metros del suelo, le salieron unas ramificaciones muy poco comunes conocidas como 'ulls', de ahí que fuera nombrada como la palmera dels ulls. Hasta que en 1894 arribó al puerto de Alicante un barco con unos pasajeros muy especiales: el matrimonio formado por Elisabeth de Wittelshach y el emperador austro-húngaro Francisco José.
Elisabeth no es otra que la emperatriz Sissí, mujer amplia de miras, curiosa y viajera. Sissí, al llegar a Alicante, no tardó en visitar el palmeral de Elche. Cuando topó con la palmera dels ulls se quedó muy impresionada y antes de marcharse del Huerto del Cura le dijo a uno de sus acompañantes: «Padre Castaño, esta palmera tiene un poder y una fuerza dignas del más grande Imperio. Póngale un nombre célebre». Desde entonces este datilero pasó a llamarse la palmera imperial.
Casi todos los municipios tienen su árbol monumental.
Carrascas mastodónticas, frondosos sauces, olivos antiquísimos... Pero no hay ningún lugar tan atiborrado de éstos como el Jardín Botánico de Valencia, un referente en toda Europa. Su valor como conjunto monumental puede deberse a la influencia de Antonio Josep Cavanilles, el botánico valenciano que dejó un gran legado. Su discípulo fue Simón de Rojas Clemente, un botánico de Titaguas que realizó valiosos estudios de las vides. Cien años después, Rafael Janini, otro valenciano (nacido en Tarragona), fue determinante para acabar con la plaga de la filoxera que destrozó las vides.